Después de siete horas de trabajo no remunerado en el comedor Manos Solidarias, en el Bajo Flores, a Zaira Fernández todavía le quedaba una hora más. Tenía que cargar en la app del Gobierno porteño los datos de las 550 personas que cada día se llevan una ración con menos proteínas que antes. El viernes pasado, mientras anotaba los DNI, la app se trabó y ella aprovechó para entrar a sus redes. Ahí vio la noticia: una denuncia penal investiga si parte de las casi 30 toneladas de carne compradas para la Casa Rosada y la Quinta de Olivos terminó en “Pancitos Caseros”, un catering vinculado a la familia de María Belén Agudiez, ex subsecretaria de Planificación General de la Presidencia y amiga de Karina Milei.
“A nosotros nos persiguen, nos estigmatizan y nos controlan severamente con el hambre que hay, y ellos hasta se quedan con la carne comprada con fondos públicos para un emprendimiento privado”, dice a elDiarioAR Zaira, referente de Manos Solidarias, donde cada día se preparan 1.500 meriendas y 550 almuerzos. “Nos amenazan y nos imponen una app de control obligatoria que funciona mal y nos quita el tiempo que ya no tenemos para entregar un menú cada vez más escaso y sin proteínas”, agrega. Después de trabajar de 7 a 15 en el comedor, sale a limpiar o a coser peluches para vender.
Días antes de que el INDEC confirmara un aumento de la pobreza, el Gobierno nacional envió al Congreso el proyecto de Presupuesto 2027. Según los cálculos, se prevé un recorte real de casi 10% para Alimentar Comunidad, el programa que abastece a comedores y merenderos, que acumula una caída cercana al 50% desde 2023. En paralelo estalló el escándalo de Olivos, a partir de una denuncia de la diputada Marcela Pagano. El catering figura a nombre de Analía Agudiez, hermana de la exfuncionaria. El entorno de Belén Agudiez rechazó las acusaciones y la Justicia aún no decidió si avanza.
“No puedo más de la bronca”, dice a elDiarioAR Lorena Claudia Corral, referente del comedor del Centro Cultural Recreativo y Biblioteca Evita, en el barrio Zavaleta, donde trabaja desde hace 32 años. “A ellos nadie los controla, compran carne y se la llevan, mientras que a nosotros nos humillan y nos obligan a pasar los balances diariamente con una app que requiere internet y muchas veces no funciona”. En los comedores advierten que aumenta la demanda y empeora la comida. “Es todo harina, pasamos de tener un poco de pollo o cerdo semana de por medio, casi nada de queso, y carne olvídate. Pero carne hay, se la quedan ellos para el catering”, dice Lorena.
“La app desgasta y se vuelve inviable, por eso el trasfondo es tener un argumento para ajustar y recortar cada vez más, como quedó demostrado en el proyecto del presupuesto”, señala Mariano “Turco” Kritterson, responsable de la UTEP-Evita en la Ciudad. “Lo que hay detrás de todo esto es una forma más de las tantas que han empleado para desarticular a las organizaciones sociales”.
Bajo sospecha
Según la denuncia de Pagano, en Olivos la misma dependencia que decidía cuánta comida se pedía, recibía la mercadería y firmaba los remitos. A los comedores, en cambio, el Estado los puso bajo sospecha desde 2024. En mayo de ese año se supo que Capital Humano retenía unas 5.000 toneladas de alimentos en galpones. El ministerio dijo que no iba a repartirlas entre “comedores inexistentes” y se allanaron espacios del Polo Obrero y Barrios de Pie. En 2025 eliminó el registro nacional de comedores tras una auditoría de la SIGEN. Ante un pedido de informes, respondió que la auditoría que sostenía la denuncia de “comedores fantasma” no existía. Por su parte, en diciembre de 2025, la Ciudad cerró 40 comedores que calificó de “fantasma” y Jorge Macri habló de “gerentes de la pobreza”. Las organizaciones lo llaman persecución.
El control, además, se volvió digital. En abril de 2026, Capital Humano lanzó el SISOC, una plataforma que cruza con ANSES, ARCA y el RENAPER los datos de cada beneficiario y de más de 3.600 espacios comunitarios, y usa inteligencia artificial para detectar fraudes e inconsistencias. “Si hay una persona con una situación inconsistente, lo sacamos”, explicaron en la presentación. En la Ciudad, el registro es más riguroso: desde comienzos de 2026, los más de 500 comedores porteños deben cargar todos los días en una app el DNI de cada persona que retira una vianda.
Cómo funciona la app
La Ciudad presentó la aplicación como la garantía de que “cada ración queda trazada”. Cuando se entrega la última vianda, alguien toma un celular y carga los datos de cada persona que retiró comida: DNI, nombre completo, fecha de nacimiento, domicilio y grupo familiar. La carga cierra a las 23.59. A Zaira le lleva una hora. Lorena tuvo que destinar a un compañero solo a esa tarea, sin sueldo, porque no puede sacar a nadie de la cocina ni de la entrega: “O hacés una cosa o hacés la otra”, dice.
La aplicación depende de internet y en los barrios la señal se cae. Sin conexión, el sistema admite dos o tres cargas más y se traba. Las familias muchas veces aparecen incompletas: un grupo de siete figura con tres integrantes, o con uno solo, y hay que cargarlo otra vez. Hay gente que no sabe su número de documento, o una hija que viene a buscar la vianda y no sabe el de la madre. “Si te dicen mal el nombre, ¿qué hacés? ¿No le entregás el tupper?”, pregunta Lorena. Y si un día la carga no se completa, para el sistema esa comida no se entregó.
Cada falla puede traer una advertencia. Zaira recibió mensajes que le avisaban que no estaba completando bien la aplicación y que podían sancionar al comedor. Pidió otra forma de registrar y le contestaron que solo vale la app. Llegó a ofrecer un video diario como respaldo. Hubo comedores sancionados que se quedaron semanas sin mercadería y tuvieron que cerrar; al reabrir, quedaron bajo un seguimiento más estricto. Lorena, que entró al programa de grupos comunitarios en 1995, dice que nunca había vivido “un control así”.
Lo que más preocupa a las organizaciones es lo que pasa después con las raciones. Kritterson explica que el Gobierno porteño hace una “lectura lineal” de los datos: “Si entregó 100 raciones y la aplicación registra 85 personas, interpreta que fueron necesarias 85”. En comedores que cargaron menos personas algunos días, las raciones bajaron después. A compañeros de Lorena se las recortaron sin explicación y, cuando reclamaron, les dijeron que habían cargado menos de lo que recibían. “Para sacarlas es rápido, pero para aumentarlas no es rápido”, dice ella. Para Kritterson, la herramienta “termina funcionando como un argumento para justificar una decisión que implica entregar menos comida a quienes más la necesitan”. Hay algo que la app no registra: a quienes hacen la fila y se van sin plato porque las raciones no alcanzan.
Más fila, menos comida
Mientras crece el control, también crece la fila. En el primer semestre de 2026, la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas, 4,1 puntos más que a fines de 2025, según el INDEC. En el Bajo Flores, Zaira ve a más gente acercarse al final del reparto para preguntar si sobró comida. Quienes antes juntaban algún ingreso en la calle, cuenta, hoy consiguen menos y terminan en el comedor.
En Manos Solidarias el pollo se alterna semana por medio con cerdo, el queso llega una vez al mes y la fruta bajó de cuatro unidades a dos. Las verduras vienen tan maduras que hay que repartirlas en el día. En Zavaleta, Lorena recibe el pollo pesado por cajón, con el cartón incluido, y una caja para chicos celíacos que muchas veces trae harina. Si el yogur viene aguado, le responden que es la marca permitida. La Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) advirtió que la Prestación Alimentar estuvo 23 meses sin aumento y que en abril cubría el 19,5% de la canasta básica alimentaria.
Para sostener el comedor, Lorena y sus compañeras venden prepizzas y hacen rifas. Nadie cobra sueldo. “También es difícil hacer una rifa porque la gente no tiene plata para comprarla. Salís a vender prepizzas y quizás te compran una vez para colaborar”, dice. Zaira cobraba los 78.000 pesos del Volver al Trabajo, que le alcanzaban para la garrafa. El programa terminó en abril. “Se va cerrando todo”, resume Lorena.








